Contrastes
Me gustan las tardes de los viernes. Son las únicas en las que puedo ir a buscar a mi madre al portal de la casa en la que sirve. Mientras espero, me encanta mirar los escaparates de las calles aledañas: joyerías, tiendas de moda exclusivas, clubes de productos gourmet y almacenes de artículos de lujo, entre otros.
No estamos acostumbradas a ver este tipo de negocios en nuestro barrio, a escasa media hora en Metro, así que cuando hacemos el trayecto de vuelta a casa intento recordar todo lo observado para contarlo en el comedor social en el que sirvo cenas cada noche. Las familias necesitadas que acuden disfrutan especialmente de la cena del viernes, en la que empieza a ser costumbre que comparta las novedades contempladas esa misma tarde.
Mientras relleno sus platos con el simulacro de puré aguado e insípido de todas las noches, les tranquiliza escucharme y comprobar, satisfechas, lo bien que se vive en la misma ciudad en la que ellas habitualmente pasan hambre.

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